EL HIJO DEL FERRETERO


—Es el hijo del ferretero —susurraron las voces, como si el aire mismo se negara a pronunciarlo en voz alta.

Fue la primera muerte trágica que vi de cerca. Había escuchado de otras, pero jamás había visto un cuerpo tendido tan cerca, en esas condiciones brutales.

El accidente fue en Bulevar Seguí y España. La esquina de la heladería Marbet, que años después multiplicaría sus locales, pero entonces era apenas un resguardo de barrio. En aquel entonces —yo tendría catorce años— no había semáforo. Lo pusieron tras el accidente, como si el hierro pudiera aplacar lo irreparable.

Recuerdo la frenada: un desgarrón del aire, seguido por un estruendo metálico que viajó dos cuadras, hasta la casa donde estábamos reunidos. Era domingo. El ruido nos arrancó de la mesa; salimos corriendo: yo adelante, detrás mi madre, mi padre, mis tías.

La esquina ardía de gente. Voces, sollozos, preguntas inútiles. Y en medio de todo, él, con su cuerpo ofrecido, boca arriba, tendido a la intemperie. El pelo largo, negro, enmarañado en sangre. El rostro irreconocible, y sin embargo entero en su quietud: parecía dormido, pero con un sueño que ya no regresaba.

Los testigos tejían explicaciones como si el habla pudiera reparar la herida. Una mujer de anteojos ridículos repetía que esto pasaba siempre, que ya habían pedido mil veces un semáforo, que si ocurría a plena tarde de domingo, qué quedaba para la madrugada. Un hombre de barba canosa aseguraba que solo se escuchó el motor avanzar por las calles vacías hasta chocar contra la chata, que ni un rasguño sufrió. Mi tía, indignada, repetía que esta juventud no valora la vida, que andan a cualquier velocidad… hasta que una tos seca, casi tuberculosa, la hizo callar.

Un empleado de la heladería salió con una lona verde. Cubrió el cuerpo y se quedó de pie junto a él, erguido en un silencio reverencial, como si acompañara a un amigo en el umbral de lo desconocido.

Yo solo podía mirar. El muerto tenía un nombre: el hijo del ferretero. Lo había visto alguna vez, cuando acompañaba a mi padre al negocio. Un chico de poco más de veinte años, con un futuro todavía en borrador: hijo, hermano, quizás estudiante, tal vez novio. Todo eso se apagó de un golpe, y nunca mejor dicho, de un golpe. Todo cancelado en un segundo.

Imaginaba a su madre en la cocina, amasando la tarde con churros y mate, recibiendo la noticia como un hachazo. La veía caer de rodillas, llorar con un silencio tan feroz que parecía arrastrar piedras, un derrumbe invisible que se propagaba más lejos que cualquier grito.

Imaginaba al padre, desbordado, dando saltos desesperados, repitiendo como un niño: esa moto, yo le dije, esa moto iba a traer desgracia.

Esa noche, en la cama, sin poder conciliar el sueño, sentí una angustia en el pecho porque también me podía morir como el hijo del ferretero.

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