CAMITAS SEPARADAS


Tendría doce años y me resultaba extraño que mis abuelos durmieran en camitas separadas. Vivían en una casa chorizo con habitaciones alineadas como vagones, que desembocaban en un patio amplio, donde la luz caía como un milagro cotidiano y el aire corría con la libertad de los días felices. Eran los dominios de Luis y Angelina, mis abuelos paternos, donde el tiempo parecía haberse detenido justo antes del color.

Él siempre estaba malhumorado, era más bien una irritación crónica, como si el solo hecho de existir le molestara. Quisquilloso con los horarios, los ruidos, las visitas y, sobre todo, con el orden de su garaje que aunque no tenia auto –nunca aprendió a manejar -, era su feudo inexpugnable. Allí guardaba tornillos, clavos, frascos con tuercas clasificadas, un banco de trabajo que había improvisado con una puerta vieja y, lo más preciado: un tablero de herramientas que olía a óxido, madera y aceite. A los primos nos fascinaba ese rincón. Entrábamos con la adrenalina del delito menor, revolviendo cajones y probándonos herramientas, mientras hacíamos pactos silenciosos para no dejar huellas.

En cambio la abuela, con su sola presencia parecía perfumar la casa con vainilla y tuco. Cocinaba como los dioses: ñoquis suaves como nubes, milanesas doradas como tardes de verano, guisos que curaban cualquier tristeza. Cariñosa pero sin estridencias, era la que sabía cuándo decir una palabra justa. Era costurera, con una máquina Singer que tronaba desde el comedor como un tren miniatura y cientos de retazos apilados en cajas, como si cada tela guardara una historia que todavía no había terminado de contar.

Cuando con mi prima nos quedábamos a dormir, esperábamos el momento de husmear en su habitación, como quien entra a un santuario doméstico. Nos fascinaba descubrir en cada mesita de luz esas pequeñas señales íntimas que para un extraño hubieran pasado inadvertidas: los vasos con las dentaduras postizas, como sonrisas en pausa hasta la próxima función; la peluca de nylon color castaño que la abuela, antes de acostarse, se quitaba con ritual paciencia y la acomodaba sobre una cabeza de telgopor, como si dejara reposar también una parte de sí misma. Verla sin ella era como contemplar a un mago sin capa: seguía siendo la misma, con apenas una escasa cabellera, pero en ese gesto se desmoronaba un poco el misterio.

Dormían en camitas separadas, como si el amor, vencido por los años, se hubiera transformado en una compañía serena, libre del roce, del reclamo. Quizás era una forma de cuidar al otro. El amor, gastado en las horas del día, encontraba su mejor refugio en esa distancia mínima: un pasillo de sábanas blancas entre dos cuerpos que ya no necesitaban tocarse para sentirse cerca.

Otras veces, más cínicamente, sospechaba que simplemente ya no se soportaban. Que la rutina había limado la ternura hasta dejar solo la costumbre.

Tal vez nunca se trató de cansancio ni de distancia emocional, sino de un acuerdo invisible que nadie más supo leer. Dormir en camas separadas como gesto de complicidad silenciosa: sabían que los nietos pensarían lo que quisieran, pero ellos tenían un código propio, un idioma sin palabras, en el que la cercanía se expresaba en las comidas compartidas, en las telas que ella guardaba y en los cajones de tornillos que él ordenaba con devoción.

Finalmente, quizá la verdadera razón es que nunca la hubo. O mejor dicho: la razón estaba en ese hueco indescifrable entre una cama y la otra. Ese espacio, tan corto y tan hondo, era el lugar donde cabían todas las conjeturas, las mías y las de cualquiera que intentara leer su historia. Porque algunas uniones se entienden mejor en lo que callan que en lo que muestran. Nunca lo supe del todo. Y tal vez eso sea lo más honesto que puedo decir sobre ellos.

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