LA PIEDAD


Entierro de mi abuela materna. Si uno piensa en un cementerio triste y desolado, ése es La Piedad. Fue el único lugar que se consiguió. Después veríamos de trasladar a la abuela al Salvador, que queda más cerca de casa y es menos deprimente.

Después de estar internada unos días en el Güemes por un malestar respiratorio, le dieron el alta. Mi papá, su yerno querido, siempre decía que ese hospital era la antesala de la muerte. Pero es donde le tocaba por PAMI. Cuando llegó a su casa, mi abuela sólo quería que la cuidara yo. Con mi mamá se peleaba mucho.

Cira Josefina, así se llamaba, siempre fue una mujer sana, fuerte, activa, laburante, pero en 1999 se murió su hijo menor, con menos de 50 años, de un cáncer de pulmón fulminante. En pocos meses se apagó, desapareció, era un grito de dolor en sus últimos días. Y ella jamás se movió de su lado. Cuando mi tío murió ella decretó: “Yo ya no vivo más, ahora sobrevivo”. Se olvidó de su otra hija, de sus nietos y bisnietos, de sus hermanos. Su alma se fue con su hijo. Y así fue. Se murió en abril del 2001.

En diciembre había adoptado a una perrita mestiza, a la que bañó, desparasitó y amó, y cuando estaba internada, ¿sabiendo que iba a morir?, la llamó a mi hija de 9 años, su bisnieta, y le dijo que la cuide, que se la legaba. Cuando salió de la habitación, me dijo entre lágrimas: “La abuela se va a morir, me dijo que cuidara a la Gina”, a lo que le respondí: “La abuela siempre exagera, quedate tranquila”. Y se murió al otro día, en su casa, en su cama. Mientras la cuidaba yo. Mientras dormía. Después de una noche en la que habíamos llamado a urgencias, ya que había tenido un ataque de pánico. Pero con un tranquilizante, se durmió. A la madrugada la fui a despertar para darle una medicación y no me respondía. Me acerqué a ella y me pareció sentir su respiración, pero se ve que era la mía. Llamé a mi papá, llegó, llamamos a emergencias y sí, se había muerto hacía unas horas. Después recordé una respiración ruidosa, grave, oscura, que había escuchado.

Del velorio no me acuerdo mucho. Tomó a todos por sorpresa.

Pero sí recuerdo la caminata por La Piedad. En medio de un barrio humilde de la ciudad, viejo y como abandonado, fuimos en un recorrido por zonas de tierra y césped, hasta que llegamos al lugar que la esperaba. El hoyo en el piso me parecía gigante. Hoy lo recuerdo y me da la sensación de que entraba un automóvil. Fue la primera vez que presenciaba un “entierro en tierra”. Se me vuelven a aflojar las piernas. Junto a la bajada de presión, habitual en mí por esos tiempos, sentí que me asfixiaba, la asfixia que sentiría mi abuela bajo tierra. Y lloré, lloré, lloré, como hasta ese momento no había llorado.

Nunca más fui a La Piedad. Mi papá consiguió que al tiempo la trasladaran al Salvador, el cementerio más cercano a casa. Hoy yace allí, junto a su hija que se fue siete años después. Con el tiempo redujeron a mi abuela y hoy comparten ataúd. Ellas que se peleaban siempre y se amaban, juntas por toda la eternidad.

Me ocupé de ordenar sus cosas. En un cuartito encontramos decenas de radiografías de sus pulmones. Una exageración. Parecía obsesionada con el tema, quizás por la muerte de su hijo, tal vez por los problemas respiratorios que ocultaba.

No pudo donar sus órganos, pero donó sus plantas, numerosas, hermosas, cuidadas, admiradas por todos los que iban a visitarla. Y claro, Gina, la mestiza, vivió con nosotros 15 años.

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