MARACAÍPE


Un día ella le dijo a su mamá que renunciaría al trabajo y con sus ahorros se iría por un año a Brasil. Con la crisis del país no le alcanzaba para ir más lejos. Que tenía conocidos en Buzios, que si no lo hacía en ese momento no lo haría más. Con 29 años y muchos sueños, dejó departamento, trabajo, auto que tanto le había costado comprar, familia, sobrino amado, amigas, y partió feliz. No se marchaba porque quisiera huir de la crisis crónica argentina, porque ella ama su país, sino porque siempre quiso viajar, de hecho estaba estudiando Turismo en la universidad. Y que no era por mucho tiempo, “en un año estoy de vuelta”.

Buzios, Río de Janeiro, él, “la rosarina y el chaqueño”, Maceió, Porto de Galinhas. Maracaípe. Proyecto de vida y de pareja, emprendimiento gastronómico creciente.

Ella estudió unos años el portugués. ¿Premonitoriamente? También estudió inglés dos años, porque en la secundaria era una negada para el idioma. Sigue negada porque entiende poco, solo cuando lee. Tímida para hablar en voz alta en otro idioma. Y en la lengua materna también. Los turistas europeos mayoritariamente hablan en inglés. Ellos trabajan con el turismo.

Él es más osado, más sociable, como lleva más tiempo en Brasil empezó a hablar portugués antes que ella y habla inglés también. Como trabajó en hostels en Buzios y en Río, tuvo que hacerse entender en todas las lenguas. En la playa le encanta conversar en el idioma que sea, para vender sus producciones y para conocer gente. Cuando se toma un taxi le encanta charlar con el chofer también, así fue haciendo que su lengua extranjera se tiñera de su musicalidad chaqueña.

En cada lugar al que ellos llegaban se rodeaban de argentinos para no extrañar tanto a sus familias y amistades. Y porque la lengua materna tira. Desde hace cuatro años viven entre lenguas: portugués, español e inglés.

Hace un par de años ella adoptó a un perro “viralatas” atigrado, Biscoito, al que le habla en portugués. Ya era un viejo conocido del lugar, del pueblo contiguo a Porto, que se llama Maracaípe donde ellos viven. Digo ella, porque a él no le quedó opción. Además ella corre con todos los gastos de veterinaria y alimento más el tiempo de paseos. Ya venía con nombre, todos en el pueblo lo llamaban así pero nadie se hizo cargo de él hasta que la rosarina le abrió la puerta de su corazón y de su casa.

Hace unos meses se sumó Maia, una perra callejera-playera, desnutrida, que ya los seguía desde siempre. También le habla en portugués. Con la veterinaria amiga la sacaron adelante, ya está adaptada y bien nutrida, y no se le despega ni un minuto de su lado. También vino con nombre, con historia que ella rastreó, y con un miedo crónico que la vuelve asustadiza.

Y en el mes de febrero caminando los cuatro por el coqueiral, los empezó a seguir una diminuta gatita, de no más de 30 días, a la que esos ojitos azules hipnotizaron y terminaron llevándose a su casa: ella la bautizó Ipe, y ya es bilingüe, porque la lengua materna es la argentina. Ella nunca había tenido gatos, así que junto a la veterinaria y a google, empezó a investigar qué hacer para que los perros también la adoptaran, y la verdad que todo está fluyendo.

Menos mal que desde hace un año ellos tienen una casa más grande. Les permite desplegar su emprendimiento gastronómico, recibir visitas y agrandar la familia. Toda la difusión que hacen de su trabajo es en dos lenguas: argentino (me resisto a decir español) y brasileño (siguiendo el mismo criterio anticolonial)

Porque así como uno no es la madre, sino que hereda y transforma, las lenguas están vivas y mutan, circulan y se empapan de la gente y de los lugares en los que se despliegan.

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