VERANO VERTICAL
Era la hora
de la siesta.
Una siesta
espesa. Densa como la miel tibia de un verano sofocante.
El aire
parecía suspendido. Nadie se movía.
Joaquín —solo,
inquieto— vagaba entre las sombras del cuartito de herramientas del abuelo
Raúl. Cada objeto tenía un brillo antiguo, como si estuviera cubierto por una
película de tiempo.
Martillos que
parecían pesar más que su edad.
Pinzas
abiertas como mandíbulas dormidas.
Cajitas de
metal corroído por los años.
Tornillos sin
destino.
Clavos
torcidos como gusanos de hierro.
Maderas que
crujían apenas, como si susurraran entre sí.
Y un olor
fuerte, terroso, masculino.
Olor a
hombre.
A otro
tiempo.
Le dejaban curiosear
allí, siempre que no desordenara.
Todo tenía su
lugar.
Todo menos
Joaquín.
Solo una
regla era sagrada: No jugar en la pileta
solo.
— No se puede nadar después de comer —,
había dicho la abuela Julia.
Y su voz quedó flotando como una burbuja caliente en la memoria.
Balancearse, esquivarla.
¿Muerto?
Nino corriendo.
Voces.
Ayuda.
Se hamacó.
Una, dos
veces.
El aire no
corría.
Ni una brisa.
Se aburrió.
Entonces miró
al árbol.
El árbol de
siempre.
El que
conocía con la certeza del cuerpo.
Cada rama era
un viejo amigo.
Cada nudo,
una invitación.
Cada rugosidad,
un recuerdo.
Sabía dónde
poner el pie. Dónde apoyarse.
Cuál rama
aceptaba su peso. Cuál se quebraría como una promesa rota.
Y se trepó.
Y fue ahí, en
ese movimiento mil veces ensayado, cuando ocurrió.
Los cordones.
Esos malditos cordones desatados.
Zapatillas heredadas.
Cordones gruesos. Serpientes rebeldes que se atoraron en la rama, decididas a
atraparlo en su propia torpeza.
El pie no
respondió.
El cuerpo
quedó suspendido.
Joaquín
sintió el rubor subir.
Creía que era
furia.
Pero era
sangre.
La sangre que
subía a la cabeza como una marea roja, ardiente.
El calor… Ah,
el calor.
Lo empapaba.
Gotas de
sudor le nublaban la vista.
Todo era
borroso.
Todo menos el
miedo.
Abajo, justo
abajo: una piedra enorme.
Una amenaza
silenciosa.
Calculó.
Tomar envión.
Saltar en
diagonal.
Se imaginó
cayendo en un rebote perpetuo.
Pero el
cordón…
El cordón
tiraba, se ajustaba.
Le mordía el
tobillo.
Le apretaba
la pierna.
Como una
trampa viva.
Como una mano
invisible que no lo soltaba.
Los ojos se
le llenaron de lágrimas.
Una mezcla de
furia, vergüenza y esa punzada que no tiene nombre.
— ¿Quién me mandó a subirme?—
No gritó.
No quería.
El silencio
era su único refugio.
Imaginó la
escena:
Los demás
riéndose.
Él, colgado.
Como un
pollo.
Como un
muñeco.
Peor sería
caer.
Y no
levantarse.
¿Quebrado?
Y entonces,
desde lejos…
Nino.
Nino
ladrando.
Un ladrido
que atravesó el sopor.
Un ladrido
que parecía decir: “¡Aquí! ¡Aquí!”
Joaquín no
sabía si eso lo ponía más nervioso o lo salvaba.
Pero lo
escuchó.
Lo
escucharon.
Se oyeron
pasos.
Puertas.
Todo, por
fin, comenzaba a moverse otra vez.